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El inicio de una nueva crisis de la economía mundial del sistema capitalista imperialista DECADENTE, la PUTREFACCIÓN del reformismo y las tareas de los revolucionarios
Presentamos aquí el aporte del camarada Carlos Munzer a la reflexión sobre la nueva crisis de la economía mundial y la situación internacional.
Capítulo 1
Comenzó una nueva crisis de la economía mundial imperialista y puso en cuestión el equilibrio económico, político y militar que el imperialismo había impuesto a partir de 2003
-I-
Después de los derrumbes bursátiles de Shangai y Wall Street en febrero-marzo de 2007 –verdaderos preinfartos de la economía mundial capitalista en los que se evaporó, en apenas una semana, la friolera de 2 billones de dólares-; el nuevo derrumbe de Wall Street a fines de agosto y las sucesivas caídas posteriores de las bolsas de Estados Unidos, Europa, Japón y todo el mundo, marcan un hecho categórico: el infarto se ha producido. El sistema capitalista imperialista mundial ha vivido una nueva crisis de la economía, y con ella, entró y entrará en crisis también el equilibrio económico, político y militar que el imperialismo habría logrado imponer en 2003.
Los estados imperialistas y sus bancos centrales corrieron a socorrer cada uno a sus propios banqueros y transnacionales, prestándoles dinero por una suma que ya alcanza los 500 mil millones de dólares. Sólo en los primeros días de agosto, el Banco Central Europeo tuvo que poner U$S 277 mil millones para salvar del colapso a los bancos ingleses, franceses, alemanes, etc., que quedaron al borde del colapso por el estallido de la llamada “burbuja inmobiliaria” norteamericana donde habían invertido entre el 30 y el 40% de sus activos.
Al mismo tiempo, el jefe de la reserva federal de los Estados Unidos tuvo que salir a anunciar primero una baja en las tasas de interés para préstamos a los bancos (tasa de redescuento), luego una baja de medio punto en la tasa de interés de referencia, y una nueva reducción de un cuarto de punto de la misma en los últimos días.
Con esta inyección de dinero fresco a los bancos -principalmente europeos , pero también norteamericanos y japoneses- y con la baja de medio punto en la tasa de interés de referencia implementada por la Reserva Federal norteamericana, los estados imperialistas salieron al rescate cada uno de su respectivo capital financiero para evitarle pérdidas enormes y, al mismo tiempo, para impedir, por el momento, que el comienzo de la crisis se exprese en una recesión mundial o en estanflación (estancamiento con inflación) aguda.
Los estados imperialistas tuvieron que desembolsar así, en pocos días, un monto equivalente a todo el déficit fiscal de los Estados Unidos en un año, o al de seis Plan Marshall (que en 1947 fue de 13 mil millones de dólares, equivalentes hoy, a valor constante, a unos 80 mil millones).
Pero, lejos de lo que dicen los economistas burgueses – y también las cacatúas de la izquierda reformista que copian los gestos de la clase dominante- que afirman que, como no hay recesión, entonces “la crisis no llegó a la economía real”, la crisis ya está acá y sus consecuencias ya las están pagando las masas explotadas en todo el mundo. La nueva crisis ya ha significado una devaluación del dólar, mediante la cual el imperialismo yanqui descarga los costos de dicha crisis sobre sus competidores imperialistas de Japón y Europa y sobre el mundo semicolonial, y fundamentalmente, sobre la clase obrera y los explotados del mundo. Es que la devaluación del dólar, junto con el encarecimiento del crédito, ya está empujando en todo el mundo un proceso inflacionario que pagan y pagarán las masas de sus bolsillos. En Alemania se prevé que para octubre la inflación del año habrá alcanzado el 2,5%, y el 2,7% para conjunto de los países de Europa que utilizan el euro como moneda. En América Latina, la inflación se dispara: en Venezuela llegará casi al 18% a fin de año; en Argentina, los manejos del gobierno con el índice de inflación no logran ocultar que ésta ya ronda el 20%, en Bolivia lleva acumulado casi un 10% (cifras oficiales) a octubre, etc. Esto se suma al ya altísimo precio de las commodities como el maíz, el trigo, la soja, etc., que encareció enormemente los precios de los alimentos, no sólo en América Latina, Asia, Africa, sino también en Italia, Francia y demás potencias europeas donde el precio del pan y de las pastas están por las nubes, profundizando más aún los sufrimientos de las masas explotadas.
La inflación y la carestía de la vida son el resultado más inmediato de la crisis que ha comenzado, y todo su peso se abate sobre las masas explotadas. Pero, a la vez, el hambre y las terribles penurias que éstas acarrean, son el motor que empuja a la clase obrera y a los explotados, en distintos puntos del planeta, a irrumpir en lucha de masas, en rebeliones y revueltas por el pan, como vemos hoy en Pakistán, Birmania y Georgia.
Junto con el sideral precio de los commodities –y entre ellos, el de la soja, el maíz, el trigo y otros cereales que constituyen el alimento básico de miles de millones de explotados en todo el mundo, no cesa de aumentar el precio del petróleo que ya ha roza los 100 dólares el barril. Esto es así porque, como dijimos, la burguesía imperialista mundial inyectó cientos de miles de millones de dólares para evitar la recesión, por miedo a que la misma termine por provocar irrupciones revolucionarias de las masas. Al negocio del petróleo y de los commodities fluyen, como veremos más adelante, enormes masas de capitales que se retiran de aquellas ramas de producción y los negocios financieros donde ha caído la tasa de ganancia, cuestión que está en el origen de la crisis que ha comenzado.
Demás está decir que a esto también lo pagan las masas explotadas del mundo porque el aumento del petróleo -insumo básico de la producción- es trasladado por la burguesía al precio de las todas las mercancías, impulsando, junto al altísimo precio del maíz, el trigo, soja y demás commodities, una brutal carestía de la vida.
Hoy ya están saliendo a la luz los balances de los bancos y empresas imperialistas de los Estados Unidos, y también de Europa dando cuenta de las cuantiosas pérdidas que éstos han tenido en los últimos meses, puesto que todos ellos habían volcado enormes masas de sus capitales a valorizarse en la “burbuja inmobiliaria”. Ahí está el Citigroup anunciando una baja de casi el 60% en sus ganancias en el último trimestre, igual que el Barclays –uno de los más importantes bancos del imperialismo británico. Pero también empresas como Caterpillar (la mayor productora de máquinas-herramientas del mundo), y automotrices como la General Motors (GM) salieron a anunciar grandes pérdidas, no porque ande mal la producción de maquinarias o de autos, sino porque esas transnacionales pusieron gran parte de su capital a valorizarse en la “fiesta” de las hipotecas en los Estados Unidos. Es que la época imperialista es la del capital financiero, producto de la fusión del capital industrial con el capital bancario.
Y a esas pérdidas, ya se las están haciendo pagar a la clase obrera. Así, gracias a la traición de la burocracia sindical de la AFL-CIO que entregó la gran huelga de la GM, los 73.000 obreros de las 80 plantas de los Estados Unidos tendrán que pagarse ahora ellos, de sus bolsillos, la jubilación, y todo obrero nuevo que ingrese será bajo condiciones de flexibilización y esclavitud que nada tienen que envidiarle a las terribles condiciones de los obreros en China.
Por su parte, el estallido de la “burbuja inmobiliaria” ya ha dejado sin casa en los Estados Unidos a más de un millón de trabajadores que no pueden pagar sus hipotecas y que son desalojados y arrojados a la calle. En Europa, como dijimos, golpeó duramente a los bancos, algunos de los cuales, como el Paribas de Francia o el Northern Rock de Inglaterra salieron a poner “corralitos” –es decir, a limitar el retiro de los depósitos-, con lo que a principios de septiembre las largas colas de ahorristas desesperados hacían sobrevolar sobre la Inglaterra imperialista el fantasma de Argentina de 2001. Pero el estallido de la burbuja inmobiliaria hundió también el precio de las acciones de empresas y los títulos de la deuda externa de países semicoloniales, que estaban puestos como garantía de los enormes préstamos hipotecarios.
Para recuperar los 500 mil millones de dólares que los estados imperialistas pusieron para salvar a sus empresas y bancos, las respectivas burguesías han lanzado un ataque feroz contra las conquistas y el nivel de vida de la clase obrera, como sucede en Francia, donde el gobierno de Sarkozy ha pasado a la ofensiva contra el derecho de huelga, para volver a imponer la semana laboral de 40 horas, y sobre todo, contra la jubilación de los trabajadores.
Las burguesías nativas de los países semicoloniales les harán pagar a las masas explotadas, con impuestazos y tarifazos, el encarecimiento del crédito en el mercado mundial de capitales.
Estas que aquí enumeramos someramente, son tan sólo algunas de las primeras consecuencias de la nueva crisis que ha sacudido a la economía mundial imperialista, y que ya están sufriendo y pagando el proletariado y las masas explotadas del planeta. ¡Sólo cínicos a sueldo del capital, o reformistas que miran a la clase obrera mundial desde los cómodos sillones de la aristocracia y la burocracia obrera, pueden entonces afirmar que “la crisis no llegó a la economía real”!
Entró en crisis el punto de equilibrio económico, político y militar que el imperialismo, con su ofensiva contrarrevolucionaria, había conquistado después de 2001
-II-
Asistimos entonces a una nueva crisis de la economía mundial capitalista imperialista que ha puesto y pondrá en cuestión el equilibrio económico, político y militar que el imperialismo había logrado imponer a la salida de la crisis de 1997-2001.
Es que se le plantea el problema a las potencias imperialistas, y en primer lugar, a Estados Unidos como potencia dominante, de cómo salir de esta nueva crisis: saben que para ello, no sólo deben hacérselas pagar a las masas explotadas del mundo, como ya lo están haciendo, sino también que deberán arrojar su costo sobre las potencias imperialistas competidoras.
Porque la nueva crisis pone al rojo vivo un hecho contundente: sobran potencias imperialistas en el planeta. En la crisis que comenzara a mediados de los ’60 (cuando llegó a su fin el ciclo de crecimiento de la segunda posguerra); y en el descomunal crac de la bolsa de Wall Street de 1987, al imperialismo le quedaban todavía por reconquistar la URSS, China, Cuba, Vietnam, los estados obreros del Este de Europa para imponer su dominio pleno del planeta. Inclusive en la crisis de 1997-2001, como veremos a continuación, el imperialismo yanqui y las demás potencias pudieron utilizar a su favor la transfusión de sangre fresca que fueron los nuevos mercados de los ex estados obreros recuperados en 1989.
Pero hoy, ante la nueva crisis que comenzó, eso no existe más: todos los ex estados obreros ya han sido recuperados para la economía mundial imperialista, y nuevamente como en 1914 –salvando todas las distancias de la analogía-, el planeta ha sido conquistado y repartido completamente. No hay lugar, entonces, para que todas las potencias imperialistas puedan salvarse y salir indemnes de la crisis: las que lo logren, lo harán en desmedro de las otras, hundiéndolas, dejándolas sin zonas de influencia, quitándoles sus colonias, semicolonias, sus mercados y fuentes de materias primas. Y demás está decir que los distintos carniceros imperialistas no permitirán ser hundidos pacíficamente: las guerras comerciales, las disputas interimperialistas por el control de las fuentes de materias primas y los mercados que ya han dado un salto, recrudecerán aún más; están y estarán al día nuevas alianzas económicas, políticas y militares entre distintas potencias imperialistas; nuevas guerras de rapiña y coloniaje, guerras fratricidas donde los distintos imperialismos hagan enfrentar entre sí a naciones semicoloniales por su propios intereses, etc.
El equilibrio económico, político y militar viene de entrar en crisis; la nueva crisis de la economía mundial imperialista ha comenzado. Las potencias imperialistas intentarán hacerles pagar su costo a la clase obrera y los explotados del mundo, pero está por verse si lo logrará. Inclusive no podemos descartar que si el imperialismo logra impedir que el proletariado entre a escena dando respuesta a los golpes de la crisis, se imponga un momento de relativa estabilización de la situación mundial, en el que las potencias imperialistas intenten morigerar sus disputas y sentarse a la mesa de negociación. Pero una coyuntura como ésa sólo durará un corto período.
Se abre entonces todo un período de nuevas y superiores convulsiones de la lucha de clases, cambios bruscos, nuevos golpes del crac, guerras comerciales, nuevas guerras de rapiña y coloniaje, guerras fratricidas entre naciones semicoloniales cada una con distintas potencias imperialistas instigándolas (es decir, guerras por interpósita persona), enfrentamientos más agudos de revolución y contrarrevolución. De que el proletariado dé o no una respuesta a esta feroz ofensiva burguesa imperialista que ya ha comenzado, dependerá el curso de los próximos acontecimientos. Si la revolución proletaria no da pasos decisivos hacia delante, esta ofensiva imperialista significará para las masas y los pueblos oprimidos del mundo no sólo más explotación, opresión y expoliación, sino que el siglo XXI les deparará, en el futuro, nuevas carnicerías y guerras interimperialistas superiores a las dos que viéramos en el siglo XX. Esta crisis que ha comenzado es un gran campanada de alerta que preanuncia, para el futuro y si no lo impide la revolución proletaria, este devenir intrínseco del sistema capitalista imperialista que es la guerra.
Con el agudizamiento de las disputas interimperialistas como telón de fondo, comenzó un brutal ataque contra la clase obrera mundial
-III-
Hoy por hoy, el equilibrio entró en crisis: vuelven al centro de la escena los choques y disputas interimperialistas por ver qué potencia paga la crisis y cuál se salva a su costa. Cada burguesía imperialista debe pasar al ataque contra su propio proletariado para derrotarlo, sojuzgarlo y así estar en mejores condiciones en esta recrudecida guerra comercial que ya ha empezado, y en la cual, como veremos, algunas potencias imperialistas se asocian a burguesías nativas contra sus rivales imperialistas.
La cuestión iraní y la cuestión cubana –junto con la cuestión rusa y la boliviana, como veremos- se ponen en el centro de la escena y son, en sí mismas, la máxima expresión de que el equilibrio está en cuestión, y ya nada será como antes.
El hecho de que, en apenas semanas, se haya pasado de las “Conferencias para la paz y la seguridad en Irak”, con la burguesía iraní sentada en la mesa de negociación como “interlocutor válido”, a las nuevas amenazas de ataque militar por parte del imperialismo yanqui, son la expresión de que Irán se ha transformado en uno de los terrenos de esta recrudecida guerra comercial interimperialista. Es que mientras por boca de Angela Merkel el imperialismo alemán suelta encendidas frases de “condena” a Irán por sus pruebas nucleares, sus monopolios y bancos son los primeros inversores en ese país, y es Alemania el socio comercial más importante de Irán, que la provee de petróleo. El gobierno de Ahmadinejad y el régimen antiobrero y asesino de los ayatollahs son agentes y socios menores del imperialismo alemán.
Pero no se quedan atrás las demás potencias imperialistas. En un reciente dossier, la burguesía imperialista alemana se defiende de las acusaciones de sus rivales imperialistas por su “blandura” con el régimen iraní, demostrando los enormes negocios e intereses que tiene en Irán el imperialismo francés, y cómo, a pesar del bloqueo establecido por Estados Unidos contra irán desde la crisis de los rehenes durante la presidencia Carter, más de 500 empresas yanquis actúan y hacen negocios en esa nación.
Es en este marco que Turquía –una potencia imperialista secundaria, encerrada y subsidiaria hasta hoy del imperialismo yanqui en Medio Oriente- ha salido a amenazar con invadir el norte de Irak. Es que Turquía no tiene petróleo, a pesar de que por su territorio pasan los más importantes gasoductos y oleoductos, y hoy, a más de U$S 90 el barril, el petróleo del norte iraquí es un botín más que apetitoso, sobre todo, cuando este imperialismo que secundó a Bush y Blair en la invasión a Irak no recibió ni siquiera una migaja del oro negro iraquí a cambio de sus servicios. Hoy, viendo la debilidad y crisis del imperialismo angloyanqui en Irak, el imperialismo turco quiere aprovechar para salir de su encierro, haciéndose con el control de una parte de las reservas petroleras de Irak y por esa vía, extender su influencia a Medio Oriente.
La Rusia del capitalismo restaurado bajo la bota de Putin y la nueva burguesía, con sus enormes reservas de gas y petróleo, también es terreno de las feroces disputas interimperialistas. Francia y Alemania, asociadas con Gazprom (la ex empresa nacionalizada de gas y petróleo, hoy recuperada por Putin y su camarilla), vienen desplazando del negocio de los hidrocarburos a la British Petroleum, Chevron y demás empresas angloyanquis. Así, por poner un ejemplo, “En julio, Gazprom y el gigante francés Total, firmaron un acuerdo marco para poner en pie una compañía especial que organice la construcción y la operación de la fase uno de infraestructura para explotar Shtokman (un gigantesco campo gasífero en el Mar de Barents, que contiene reservas de gas de tal magnitud que podría proveer las necesidades de todo el planeta durante un año completo, NdeR). Gazprom detenta el 51% de las acciones, Total el 25%, y a la noruega Norway's StatoilHydro le fue otorgado el restante 24%. Chevron fue excluida, con el trasfondo de las deterioradas relaciones con los Estados Unidos, y el presidente Vladimir Putin prometió que enviará el gas de Shtokman a Europa y no a Norteamérica como estaba originalmente previsto (Oxford Analytica, octubre/ noviembre 2007).
Al mismo tiempo, con los miles de millones de petrodólares que recibe por la exportación de petróleo y gas, el estado ruso le está comprando a Alemania tecnología de última generación con la que está modernizando su decrépito y obsoleto aparato industrial militar. A esta situación, el imperialismo yanqui –que se quedó con Polonia, Rumania, Hungría y demás ex estados obreros del antiguo Glacis, integrándolas a la OTAN como sus semicolonias- responde anunciando que montará un escudo antimisilístico en el Este de Europa.
Bolivia, donde la revolución obrera y campesina fue expropiada por el gobierno de colaboración de clases de Evo morales –sostenido por la burguesía internacional, por la burocracia castrista restauracionista y por el Foro Social Mundial- también es terreno de esta guerra comercial y disputas por el control de las fuentes de materias primas, y en primer lugar, de petróleo y gas. Así, detrás del gobierno de Morales están la Repsol y la Totalfina –a través de su testaferro, la Petrobrás- que, con la burguesía nativa como socia menor, quieren quedarse con el control del gas; mientras que detrás de la burguesía fascista de la Media Luna están la British y la Exxon que no están dispuestas a repartir su negocio con la rastrera burguesía nativa del Altiplano.
En Bolivia se ve con claridad que toda América Latina se ha transformado en terreno de disputas interimperialistas, y para ello, las distintas burguesías nativas se asocian con distintas transnacionales y potencias imperialistas, y disputan ferozmente entre sí por su tajada de los negocios. Así, los gobiernos de Chávez, Morales, Kirchner y la burocracia castrista restauracionista, son parte, por ahora, y como socias menores, de un bloque con la Repsol. El gobierno de Lula está asociado con los yanquis en biocombustibles, y con los franceses de la Totalfina en el negocio del petróleo, mientras que la burguesía chilena (que no tiene gas ni petróleo), junto con la burguesía fascista de la Media Luna boliviana, están asociadas a las empresas angloyanquis como la British Petroleum y la Exxon.
Una empresa transnacional como es la pastera Botnia ha sometido a todo el Uruguay. Frente a ello, la burguesía argentina –cipaya de la Repsol, Telefónica, Cargill, etc.- clama por “la defensa del Tratado del Río Uruguay”. Esta feroz disputa y rapiña por los negocios entre las distintas burguesías de América Latina, cada una asociada a distintos monopolios imperialistas, es lo que queda del cuento y la estafa de la famosa “unidad latinoamericana” sobre la que tanto cacareaban Chávez, Castro, Morales y todos sus acólitos del Foro Social Mundial. La unidad latinoamericana sólo devendrá de la lucha por echar del subcontinente a todas las transnacionales, haciendo realidad el grito de la revolución boliviana de “¡Fuera las transnacionales!” con la revolución socialista triunfante y la conquista de los Estados Unidos Socialistas de Sud y Centroamérica.
Mientras el frente popular y el Foro Social Mundial estrangulan la revolución latinoamericana, el imperialismo yanqui se apresta a comandar la restauración capitalista en Cuba para darle un golpe de gracia al proletariado del continente y disciplinar su patio trasero
-IV-
La crisis ha comenzado, y el imperialismo yanqui, como potencia dominante, se apresta para redoblar la sujeción de América Latina, preparándose para desplazar a sus rivales imperialistas franceses, alemanes, japoneses, españoles, etc., de los negocios en su patio trasero.
Del crac de Wall Street de 1987, el imperialismo yanqui salió con enormes inversiones en su aparato industrial-militar y, sobre todo, consumando a partir de 1989 la restauración capitalista en los ex estados obreros. De la crisis de 1997-2001, salió utilizando la transfusión de sangre fresca que fueron China, Rusia y demás estados donde el capitalismo fue restaurado, y con una brutal ofensiva en Medio Oriente y Asia central por el control de las rutas del petróleo. Así, concentrado en la restauración capitalista y en Medio Oriente, el imperialismo yanqui, durante todos los ’90 y en los primeros años del siglo XXI, permitió a los imperialistas franceses, españoles, alemanes, japoneses, que entraran a su patio trasero latinoamericano y se quedaran con algunos negocios que, en aquel momento, eran absolutamente secundarios para los Estados Unidos.
Pero hoy, ante el inicio de la nueva crisis, Estados Unidos no puede permitir que esto siga siendo así. No solamente porque América Latina es una enorme fuente de materias primas, de reservas petroleras y gasíferas, sino porque sabe que derrotar a su propio proletariado y controlar férreamente su patio trasero –sobre todo, en momentos en que las tropas yanquis siguen empantanadas en Irak- son dos requisitos indispensables para poder ir a nuevas y superiores aventuras militares y guerras de conquista.
Por ello, el inicio de la crisis ha puesto al rojo vivo la cuestión cubana. La carta abierta de Bush llamando a las fuerzas armadas y la policía cubanas a garantizar la consumación de la restauración –es decir, llamando a la cúpula de la burocracia hoy encabezada por Raúl Castro como jefe de las fuerzas armadas, a transformarse de Gorbachov en Yeltsin- y anunciando la creación de un fondo de dinero para “promover la democracia en Cuba” (o sea, para terminar de comprar a la burocracia de las fuerzas armadas y de seguridad), muestra que se acelera la consumación de un enorme acontecimiento histórico: la imposición de la restauración capitalista en Cuba. Es que la burguesía imperialista yanqui, tanto como necesita urgentemente aplastar a la heroica resistencia iraquí, necesita recuperar Cuba para propinarle una derrota al conjunto del proletariado de América, y para de esta manera, sacar de escena la revolución latinoamericana por todo un período, y redoblar las cadenas que atan al subcontinente al imperialismo. Está por verse si podrá lograrlo: para ello, deberá vencer la resistencia antiimperialista de las masas cubanas y latinoamericanas, y también la de su propio proletariado.
Capítulo 2
El inicio de la crisis, su mecánica interna y sus primeras consecuencias
La teoría del imperialismo de Lenin está más vigente que nunca: el carácter parasitario del capital en la época imperialista
-V-
Hoy, cuando la crisis ya ha comenzado, los “teóricos” de la izquierda reformista intentan responder con seudoteorías y explicaciones no menos vulgares. Algunos tienen la triste “virtud” de escribir abiertamente y sin rodeos lo que piensan la mayoría de los reformistas, que no son sino la repetición vulgar y vacía de los lugares comunes y los análisis superficiales de los diarios y revistas burguesas. Este es el caso, por ejemplo, de una pequeña secta de renegados del trotskismo devenidos en gramscianos como es el PTS de Argentina.
Así, el PTS, desde los primeros pre-infartos de la economía mundial de este año, ha venido planteando que el origen de la crisis está en el hecho de que, a diferencia por ejemplo de lo que ellos llaman el “boom de la posguerra”, este ciclo de expansión de la economía mundial capitalista está marcado por “una enorme especulación financiera donde el flujo de capitales que especulan en bolsas y en todo tipo de operaciones financieras, es al menos 3 veces el producto bruto mundial”.
¡Estos curanderos antimarxistas hablan como si hubieran descubierto la pólvora! Se “sorprenden” por la “enorme especulación financiera” como si fuera una novedad, como una anomalía del funcionamiento del capitalismo, cuando ya Lenin a principios del siglo XX definiera con claridad precisamente que el imperialismo como fase superior, de descomposición y agonía del capital, está marcada precisamente por el carácter parasitario que adquiere el capital. “El imperialismo es un período histórico peculiar del capitalismo. Tiene tres particularidades: el imperialismo es 1) capitalismo monopolista, 2) capitalismo parasitario o en descomposición, 3) capitalismo agonizante. La sustitución de la libre competencia por el monopolio es el rasgo económico fundamental, la esencia del imperialismo. El monopolismo se manifiesta en cinco formas principales: 1) cártels, sindicatos y trusts; la concentración de la producción ha alcanzado el grado que da origen a estas asociaciones monopolistas de los capitalistas; 2) situación monopolista de los grandes Bancos: de tres a cinco Bancos gigantescos manejan toda la vida económica de los EE.UU., de Francia y de Alemania; 3) apropiación de las fuentes de materias primas por los trusts y la oligarquía financiera (el capital financiero es el capital industrial monopolista fundido con el capital bancario); 4) se ha iniciado el reparto (económico) del mundo entre los cártels internacionales. ¡Son ya más de cien los cártels internacionales que dominan todo el mercado mundial y se lo reparten "amigablemente", hasta que la guerra lo redistribuya! La exportación del capital, como fenómeno particularmente característico a diferencia de la exportación de mercancías bajo el capitalismo no monopolista, guarda estrecha relación con el reparto económico y político-territorial del mundo. 5) Ha terminado el reparto territorial del mundo (de las colonias).
Que el imperialismo es el capitalismo parasitario o en descomposición se manifiesta, ante todo, en la tendencia a la descomposición que distingue a todo monopolio en el régimen de la propiedad privada sobre los medios de producción. La diferencia entre la burguesía imperialista democrático-republicana y la monárquico-reaccionaria se borra, precisamente, porque una y otra se pudren vivas (lo que no elimina, en modo alguno, el desarrollo asombrosamente rápido del capitalismo en ciertas ramas industriales, en ciertos países, en ciertos períodos). En segundo lugar, la descomposición del capitalismo se manifiesta en la formación de un enorme sector de rentistas, de capitalistas que viven de "cortar cupones". ¿Qué significa? Que un puñado de parásitos, dueños de los paquetes mayoritarios de las acciones de un puñado de transnacionales y bancos imperialistas, viven sin trabajar, cortando los cupones de los beneficios de esos monopolios y bancos, a expensas de la amplia mayoría de más de 5000 millones de explotados, y son los que, en función de sus ganancias, deciden el destino de la economía mundial y de la humanidad.
Y continúa Lenin: “(…) En tercer lugar, la exportación de capital es el parasitismo elevado al cuadrado. En cuarto lugar, "el capital financiero tiende a la dominación, y no a la libertad". La reacción política en toda la línea es rasgo característico del imperialismo. Venalidad, soborno en proporciones gigantescas, (…). En quinto lugar, la explotación de las naciones oprimidas, ligada indisolublemente a las anexiones, y, sobre todo, la explotación de las colonias por un puñado de "grandes" potencias, convierte cada vez más el mundo "civilizado" en un parásito que vive sobre el cuerpo de centenares de millones de hombres de los pueblos no civilizados. El proletario romano vivía a expensas de la sociedad. La sociedad actual vive a expensas del proletario moderno. Marx subrayaba especialmente esta profunda observación de Sismondi. El imperialismo modifica algo la situación: una capa privilegiada del proletariado de las potencias imperialistas vive, en parte, a expensas de los centenares de millones de hombres de los pueblos no civilizados”. (El imperialismo y la escisión del socialismo”, 1916). Es decir, la sexta forma en que se manifiesta el imperialismo, al decir de Lenin, es la “escisión del socialismo”, la compra, por parte de los monopolios imperialistas, de una ínfima capa de aristocracia y burocracia obrera.
Es más, contra estos renegados del marxismo que se sorprenden por el carácter especulativo del actual ciclo de crecimiento de la economía capitalista, ya la III Internacional revolucionaria de Lenin y Trotsky, en su tercer congreso, planteaba con claridad que, en la época imperialista, “Los períodos de prosperidad no pueden tener en este caso más que una corta duración y sobre todo, un carácter de especulación. Las crisis serán duraderas y difíciles de soportar” (negritas nuestras).
El carácter parasitario del capital, la anarquía en la producción y el derroche de trabajo humano
-VI-
Tal cual lo definiera Lenin a principios del siglo XX, el monopolio no elimina ni la anarquía en la producción, ni la competencia, a la que postra. Cada monopolio, en sus límites, planifica hasta el mínimo detalle de su producción que es cada vez más producción social–y en ese sentido decía Lenin que es un “homenaje que el capitalismo le hace al socialismo”-, pero lo hace motivado por el fin de obtener el máximo beneficio, y no de satisfacer necesidades humanas. Por esa razón, en el sistema capitalista de conjunto en la época imperialista, sigue reinando la más absoluta anarquía de la producción.
El motor del capitalismo es la sed incesante de ganancias: el capital financiero afluye a aquellas ramas de la producción –como, en este caso, la producción de bienes de consumo, la construcción, etc.- o a los negocios financieros –como, por ejemplo, los préstamos hipotecarios, el cambio de yenes por dólares australianos, la compra o venta de acciones en las bolsas, etc.- que les garanticen superganancias. Pero no lo hace planificadamente, sino en forma anárquica: esas son las llamadas “burbujas” –financieras, inmobiliarias como la de hoy; “burbuja informática” como fuera la de las empresas punto.com a mediados de los ’90- que, lejos de ser una “anomalía”, son parte del funcionamiento normal del capitalismo en la época actual.
Cuando comienza la caída de la tasa de ganancia en esas ramas de producción o negocios financieros, el capital financiero se retira de allí tomando ganancias, y fluye hacia otras ramas de producción o negocios financieros que le garanticen más altas tasas de ganancia. Esto es lo que provoca el estallido de la “burbuja”, es decir, una enorme depreciación del capital.
Esta anarquía en la producción -que se mantiene y se profundiza en la época imperialista- trae consigo y como consecuencia, un enorme derroche de trabajo humano, de tiempo de trabajo socialmente necesario.
Un ejemplo claro de ello fue lo que sucedió en China en el ciclo de expansión. Allí, cientos de gobernadores de las distintas provincias y regiones de China -ex burócratas stalinistas reciclados en nuevos burgueses- se endeudaron en cientos de miles de millones de dólares con los bancos estatales chinos para financiar, cada uno en su provincia, región, ciudad, faraónicas obras de infraestructura –diques, parques industriales, carreteras, puentes, ferrocarriles, usinas eléctricas, etc.-, expulsando a millones de campesinos de la tierra. Disputaban así entre ellos para atraer las inversiones de los monopolios imperialistas que relocalizaban su producción en China, ofreciéndoles cada uno las mejores ventajas para que éstos instalaran sus plantas en tal región, y no en la otra. Por supuesto que los monopolios escogieron, de entre todas las cientos y miles de ofertas, los lugares más ventajosos para instalar sus plantas. El resultado: hay hoy en China miles de parques industriales sin estrenar, ciudades enteras vacías, puentes, carreteras, sin usar. Y los bancos estatales que financiaron esa “fiesta” tienen casi un billón de dólares en préstamos incobrables.
Esas obras faraónicas en China; cientos de miles de casas en Estados Unidos vacías e invendibles; millones de mercancías producidas en China que no encuentran mercado, todo ello configura un enorme derroche de trabajo humano, una enorme cantidad de valores creados que no sirven para nada. El inicio de la crisis significa que ha llegado el momento de pagar este derroche descomunal.
Así, esta enorme crisis de derroche de capital, de caída de la tasa de ganancia, se expresa, como planteaba Lenin, en una enorme crisis de sobreproducción en aquellas ramas de producción de las que hoy huye el capital financiero, y se refugia en otras ramas o negocios que garantizan enormes ganancias, como el petróleo o los commodities -en las que indudablemente hay subinversión y subproducción- en los que intenta valorizarse en esta sobrevida ficticia y agónica del ciclo de expansión.
Con el inicio de la crisis, se preparan nuevos saltos en la concentración del capital
-VII-
Con los derrumbes bursátiles de febrero-marzo y luego con el infarto masivo de agosto, comenzó la nueva crisis de la economía mundial capitalista imperialista. El inicio de la crisis se expresó en los derrumbes de las bolsas, el estallido de las “burbujas” inmobiliarias en Estados Unidos, con una gran depreciación del capital puesto que los valores tienden a volver a los valores reales, es decir, a los valores realmente creados. Tan sólo en febrero-marzo, esa depreciación del capital se expresó en la pérdida de valores en las bolsas de Shangai y Wall Street por la friolera de 2 billones de dólares en apenas unos días. Hoy, luego del inicio de la crisis, nadie se atreve a anunciar aún cuál es el monto de las pérdidas, cuántos billones de dólares se han evaporado en lo que va de la crisis: es que al casi medio billón de dólares puestos por Estados Unidos, Europa y Japón para salvar a sus bancos, hay que sumarle los 150 millones de dólares puestos por el imperialismo australiano y el billón de dólares en préstamos incobrables de los bancos estatales chinos. Hay que agregarle también grandes pérdidas de los bancos y empresas imperialistas cuyos balances comienzan a salir a la luz. Así, el 19 de octubre pasado –precisamente cuando se cumplían 20 años del “lunes negro” de Wall Street de 1987- la bolsa neoyorquina cayó un 2.6% ante el anuncio del Citigroup –dueño del Citibank- de que sus ganancias cayeron un 57% en el tercer trimestre, y ante la caída de un 5.2% de las acciones de la Caterpillar –el mayor productor mundial de máquinas-herramientas. Y la bolsa volvió a derrumbarse el 8 de noviembre, cuando la General Motors salió a anunciar pérdidas récord por la friolera de 39 mil millones de dólares en el tercer trimestre de 2007.
Billones de dólares se evaporaron y se evaporarán en esta nueva crisis, como consecuencia de la depreciación del capital. Demás está decir que, si la revolución proletaria no lo impide, la clase dominante les hará pagar el costo de la crisis a la clase obrera y los explotados del mundo. Pero también el imperialismo yanqui, como potencia dominante, buscará hacerles pagar la crisis a sus competidores imperialistas de Japón y las potencias europeas.
Contra aquellos que afirman que es tan sólo una crisis bancaria y que “la crisis no llegó a la economía real”, afirmamos que lejos de ello, estamos ante una crisis económica mundial provocada por la caída de la tasa de ganancia del capital tanto en las ramas de producción como en los negocios financieros que motorizaron el ciclo corto de expansión de la economía del último lustro. Es que estamos en la época imperialista, caracterizada, precisamente, por el dominio del capital financiero, resultado de la fusión del capital bancario con el industrial. ¿Qué significa esto? Pues que un puñado de parásitos de los grandes trusts (hoy llamados “transnacionales”, como, por poner un ejemplo, el Citigroup Inc.), son los dueños, a la vez, de las acciones de los principales bancos y empresas imperialistas. No hay accionistas dueños de bancos, por un lado, y accionistas dueños de empresas, por el otro: es un puñado de tenedores de los paquetes accionarios mayoritarios de los grandes trusts, que incluyen bancos, financieras, empresas de seguros, fábricas y empresas.
Hoy, un puñado de 200 cárteles concentra en sus manos el 26.3% de la producción mundial. Aunque son llamadas “transnacionales”, “tienen patria”: la de sus accionistas mayoritarios. Así, de los 200 cárteles, 176 pertenecen a Estados Unidos, Japón, Inglaterra, Francia, Alemania y Canadá. Para poner algunos ejemplos: tres transnacionales controlan el 65% del mercado mundial de camiones; cinco, el 60% del mercado de autos; 10 controlan el 86% del mercado de las comunicaciones en todo el mundo, un puñado de gandes bancos - IBJ/DKB/Fuji, el Deutsche, BNP/Paribas, UBS, Citigroup, Bank of America, Tokio/Mitsubishi, entre otros- controlan el mercado mundial de las finanzas, etc.
Los nombres popularmente conocidos –Ford, Rockefeller, Gates, Michellin, etc.- no son más que los apellidos de los principales accionistas de esos cártels, de los cuales 225 multimillonarios poseen una fortuna personal equivalente al ingreso anual de 2.500 millones de personas del planeta.
Pero, además, este puñado de parásitos se reduce cada días más. Es que en su feroz lucha por satisfacer su sed incesante de ganancias, cada día que pasa la propiedad se concentra en menos manos, mediante las fusiones y compras que realizan esos trusts fagocitándose bancos y compañías de la competencia, para quedarse con su tajada de las ganancias.
La nueva crisis mundial que ha comenzado acelerará este inevitable proceso, destruyendo fuerzas productivas, desvalorizando el capital para que su valor vuelva a corresponder al de la riqueza material verdaderamente creada –es decir, purgándolo-, provocando una nueva y superior concentración del capital financiero mediante el frenético proceso de fusiones, compras y recompras, de manera tal que, al final de dicho proceso, empresas, bancos y corporaciones enteras habrán desaparecido fagocitadas por las más poderosas, y sus antiguos accionistas principales sobrevivientes pasarán a ser tan sólo gerentes y directores a sueldo, o con suerte, socios minoritarios. Esto es lo que Trotsky explicaba cuando afirmaba que el monopolio no termina con la competencia sino que la somete, la pone de rodillas.
La valorización del capital financiero en el ciclo corto de crecimiento del último lustro
-VIII-
A partir de 2002-2003, una vez impuesto a sangre y fuego un nuevo equilibrio económico y político mundial, comenzó un nuevo ciclo de negocios, de valorización del capital financiero imperialista. El capital financiero que en el crac de 2001 se había retirado en masa de las empresas de las llamadas “nuevas tecnologías” –Internet, telefonía celular, etc.- donde se había derrumbado la tasa de ganancia, se volcó al proceso de producción en otras ramas y en los circuitos financieros que garantizaban altas tasas de beneficio.
En primer lugar, como ya definimos, el capital financiero fue a valorizarse a la industria de guerra, es decir, desarrollando fuerzas destructivas. Fueron 500 mil millones de dólares por año durante casi un lustro volcados solamente por Estados Unidos a la creación de fuerzas destructivas, con enormes superganancias para el capital financiero.
En segundo lugar, el capital financiero fue a valorizarse a la rama de la construcción que, en la época imperialista, está íntimamente ligada a la guerra: la guerra destruye fuerzas productivas, casas, puentes, fábricas, carreteras, etc., y de esta manera, sobre la base de la destrucción previa, la “reconstrucción” es un enorme negocio con altas tasas de ganancia. A la Halliburton, Betchel y demás empresas imperialistas norteamericanas de la camarilla de Bush, Cheney y compañía, les fue adjudicada la tarea de “reconstruir” Irak después de que los ejércitos imperialistas arrasaron y ocuparon esa nación. Se beneficiaron con multimillonarios contratos del estado norteamericano para reconstruir puentes, oleoductos, la provisión de agua potable, etc. –que, como veremos más adelante, en su mayoría fueron cobrados pero no cumplidos-, valorizándose enormemente sus capitales y obteniendo fabulosas superganancias.
Esas enormes masas de capital se volcaron entonces a valorizarse en la rama de la construcción en los Estados Unidos y otras partes del planeta, haciendo crecer durante los últimos cinco años los precios de las propiedades. Atraídos por las altas tasas de ganancia, grandes masas de capitales de todas las potencias imperialistas se volcaron a esa rama de producción en todo el mundo.
En Estados Unidos, se volcaron al jugoso negocio de la reconstrucción en primer lugar, de Manhattan luego del autoatentado de las Torres Gemelas; de la reconstrucción de Nueva Orléans destruida por el Katrina, y a la construcción de enormes emprendimientos inmobiliarios sobre todo, de edificios y casas de lujo, como en la ciudad de Miami, donde se rellenaron kilómetros de pantanos para levantar edificios y residencias palaciegas para la burguesía de todo el mundo. Al mismo tiempo, la infraestructura –puentes, carreteras, usinas, obras hidroeléctricas, etc. se caen a pedazos, tanto en los Estados Unidos como en Europa, como se ha visto claramente con los derrumbes de puentes en Norteamérica, las terribles consecuencias de las inundaciones en Inglaterra y el monumental apagón que durante tres días sufrió Europa occidental.
Enormes capitales se volcaron también a la construcción de monumentales obras en el Mediterráneo –hoteles y mansiones en la Costa del Sol y las Baleares en España; construcción de la barrera de Venecia- en el Golfo Pérsico –con la construcción de islas artificiales con residencias de lujo- y el Indico –con la construcción de grandes hoteles y la reconstrucción de los circuitos turísticos destruidos por el tsunami. Este “boom” de la construcción también se dio en Egipto, el noroeste de la India y Pakistán.
En todo Medio Oriente y Asia Central, semejante “boom” estuvo sostenido sobre la esclavitud y la superexplotación de millones de obreros “golondrinas”: el caso de Dubai, donde recientemente se produjeron revueltas de los obreros de la construcción que son verdaderos esclavos, a los que se los recluye en barracones donde se hacinan de a siete por habitación, sin sanitarios, cercados con alambres de púas y guardias armados, y a los que se les retiene los documentos para que no puedan escaparse, es tan sólo un ejemplo de ello.
En tercer lugar, en este ciclo corto de crecimiento, el capital financiero se valorizó invirtiendo precisamente en la relocalización, en China, Vietnam y otras semicolonias de Asia y América Latina, de las plantas de empresas imperialistas de las ramas de producción para el consumo –celulares, autos, juguetes, textiles, electrodomésticos, etc.- para garantizarse enormes superganancias explotando mano de obra esclava, y desde allí, exportar mercancías baratas fundamentalmente para el mercado norteamericano, y también para el mercado mundial.
Estrechamente ligado a este proceso, se desarrolló también la rama de la construcción en China donde, con el capital financiero japonés como principal inversionista, se realizaron enormes obras de infraestructura como caminos, centrales eléctricas, puertos, puentes, diques, etc., e inclusive ciudades enteras, al servicio de la instalación de las plantas de los monopolios yanquis y de otras potencias imperialistas allí relocalizadas.
La relocalización de sus empresas les permitió a las burguesías imperialistas, en particular a la burguesía imperialista yanqui, golpear duramente a su propio proletariado, con cierres de plantas y cientos de miles de despidos, y también utilizando la amenaza de relocalización como chantaje para que los obreros norteamericanos se vieran obligados a aceptar rebajas salariales, flexibilización, aumentos de la jornada laboral, pérdida de pensiones, seguro social, etc. Ese fue el resultado de la traición de la burocracia de la AFL-CIO y las direcciones del Foro Social Mundial que ataron a la clase obrera norteamericana al carro de su propia burguesía: cuanto más la burguesía yanqui salía victoriosa de la guerra en Irak y sus aventuras coloniales, más y más trata a su propio proletariado como trata a las masas afganas, iraquíes, palestinas y latinoamericanas!
Al mismo tiempo, el ciclo de expansión, las enormes masas de capital financiero que fueron a valorizarse a China y la nueva rama de producción de biocombustibles, acarrearon un aumento importante de la demanda de materias primas –commodities como soja, trigo, maíz; minerales como cobre, hierro; carbón, petróleo, etc., y de bienes intermedios como el acero, lo que permitió a los países semicoloniales, en particular los de América Latina, reinsertarse en esta división mundial del trabajo como exportadores de materias primas e insumos, sobre la base de un feroz saqueo de esas naciones y una redoblada explotación contra sus clases obreras, después de que la burguesía contuviera y conjurara e peligro de la revolución gracias al accionar del frente popular y a la política de colaboración de clases del Foro Social Mundial.
Al mismo tiempo, los Estados Unidos, como potencia dominante que controla la mayor cantidad de zonas de influencia, se quedó con el control de lo sustancial de la renta petrolera –que, a un valor de U$S 70 el barril en aquel momento, y con una creciente demanda mundial por el ciclo corto de expansión, se hizo verdaderamente jugosa-, y de la renta agraria.
La crisis comienza a causa de la caída de la tasa de ganancia del capital financiero en el conjunto de las ramas de producción y los negocios financieros que motorizaron el ciclo corto de expansión
-IX-
Fueron éstas entonces, esencialmente, las ramas y negocios a los que el capital financiero se volcó a valorizarse –por supuesto, sobre la base de una feroz competencia y de guerras comerciales entre las distintas potencias imperialistas- impulsando el ciclo corto de expansión del último lustro y dando base a que el imperialismo pudiera imponer un nuevo punto de equilibrio económico, político y militar en la situación mundial.
Ahora bien, la concentración de enormes masas de capital en esas ramas de la producción y negocios financieros, terminó por provocar, inexorablemente, la tendencia a la caída de la tasa de ganancia. Esa es precisamente, la causa de la crisis: comenzó la caída de la tasa de ganancia del capital financiero en las ramas de la producción y en los negocios financieros que fueron el motor del ciclo de expansión del último lustro. Allí, en el terreno de la producción, en esa inexorable ley de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia, está el origen de las crisis capitalistas.
Marx estudió definió magistralmente, criticando la economía política burguesa, que no sólo el capitalismo, sino todo el desarrollo histórico de la humanidad está impulsado por la necesidad de obtener la mayor cantidad posible de bienes con la menor inversión posible de fuerza de trabajo. Por ello, como definía Trotsky: “La ley de la productividad del trabajo es tan importante en la esfera de la sociedad humana como la de la gravitación en la esfera de la mecánica”.
En el siglo XIX, la lucha por la mayor productividad del trabajo tomó principalmente la forma de libre competencia, Pero, precisamente a causa de su rol progresivo, la competencia condujo a una monstruosa concentración del capital en los trusts y las corporaciones, y terminó dando origen al monopolio y pariendo la época imperialista del capitalismo. De esta ley de productividad del trabajo, deriva, bajo el capitalismo, la ley tendencial a la caída de la tasa de ganancia, a causa del aumento de la composición orgánica del capital.
Como ya dijimos, la ley de la lucha por aumentar la productividad del trabajo lleva a los capitalistas a invertir en capital constante, es decir, en maquinaria y tecnología, para acortar los tiempos de producción de la mercancía, buscando extraerles a sus obreros no solamente cada vez más plusvalía absoluta, sino también más plusvalía relativa. Así, en una rama de producción dada, el mercado beneficia a la empresa capitalista que produjo mercancías con menor trabajo necesario para su producción y, por el contrario, castiga a la que derrochó trabajo socialmente necesario, produciéndose así, entre la producción y el mercado, una tasa media de beneficio. Esta tendencia empuja, como ya dijimos, a invertir enormes masas de capitales en capital constante a expensas del capital variable, es decir, de la fuerza de trabajo. Pero la contradicción está en que a las máquinas –que únicamente concentran energía humana para producir y fuerza de trabajo, previamente acumuladas- no se les extrae plusvalía: únicamente se le extrae a la fuerza de trabajo humana. La ley de aumento de la productividad del trabajo, entonces, lleva consigo, intrínsecamente, la tendencia a la sobreinversión en capital constante y, consecuentemente, la tendencia a la caída de la tasa media de ganancia del capital que, en esta época imperialista, es capital financiero, la fusión del capital industrial y bancario, concentrado en las manos de un puñado de parásitos cortadores de cupones, como hemos explicado más arriba.
Así, el estallido de la llamada “burbuja” inmobiliaria en los Estados Unidos, la crisis de la bolsa de Shangai en China, la bancarrota del imperialismo australiano, el “serrucho” de bruscos descensos y leves ascensos consecutivos y convulsivos de Wall Street y demás emergentes de la nueva crisis que ha comenzado, son el producto y la expresión de que, después de un lustro de “jolgorio”, la fiesta llegó a su fin, que la tasa de ganancia del capital financiero nuevamente comenzó a caer y que, ante esta situación, éste se retira, tomando ganancias, de esas ramas de producción y negocios financieros, y fluye a otras ramas o negocios que ofrecen mejores tasas de ganancias.
El crac de la bolsa de Shangai preanunció la tendencia a la caída de la tasa de ganancia de las empresas imperialistas instaladas en China
-X-
El sacudón de la bolsa de Shangai en febrero-marzo fue la primera expresión de que había comenzado la caída de la tasa de ganancia en las ramas de producción para el consumo allí relocalizadas y que, frente a ello, el capital financiero tomaba ganancias y se retiraba, buscando otras ramas de la producción o volviendo al circuito financiero para valorizarse. Fue también la expresión de que después de 20 años de impuesta la restauración capitalista y de brutal superexplotación de la clase obrera china, la burguesía mundial teme que las decenas de miles de revueltas que, en la resistencia, vienen protagonizando los obreros esclavizados y los campesinos desposeídos, terminen, al calor de la crisis, transformándose en una irrupción del proletariado chino que ponga en cuestión su propiedad y sus ganancias.
El capital financiero se retira de China y fluye a otros países, a otras ramas de producción y otros negocios, buscando recomponer su tasa de ganancia. Es que ha salido a la luz, además, que los índices de crecimiento de la economía china vienen siendo falsificados, al igual que lo fueran ayer los balances de la Enron y demás compañías norteamericanas, esta vez, a manos del imperialismo japonés, principal inversor en China.
Así, la cifra de 12% anual de crecimiento de la economía fue calculada tomando en cuenta el consumo de energía... pero únicamente de las ciudades y zonas industrializadas, dejando afuera el enorme campo de China que es donde sobreviven apenas, en medio del atraso, las penurias y las hambrunas, casi mil millones de habitantes. Si se calcula el aumento del consumo de energía en el conjunto de China, queda claro que la economía ha venido creciendo en los últimos años a no más de un 6% anual.
Los monopolios imperialistas retiran gran parte de su producción de China, donde dejan sólo montadoras, y trasladan su producción a Vietnam, India, Pakistán, Egipto y a los países de Medio Oriente, donde encuentran para explotar mano de obra más barata y más esclavizada aún que en China.
Esta caída de la tasa de ganancia en China y la consecuente retirada de capitales, se expresa en el mercado como crisis de sobreproducción de bienes de consumo producidos en China que no pueden ser vendidos en el mercado mundial. Las discusiones en distintos países del planeta sobre la necesidad de elevar las barreras aduaneras para los productos chinos, y sobre todo, las guerras comerciales de Estados Unidos contra Japón –el primer inversor en China- es la consecuencia de ello. Esta situación –y no el “repentino” interés de la burguesía yanqui en la salud de los niños o de los consumidores de productos chinos- es lo que está detrás de las ridículas excusas del imperialismo yanqui de que recién ahora habrían descubierto que los juguetes producidos en China por la norteamericana Mattel (que fabrica las muñecas Barbie, por ejemplo) tienen plomo, han retirado decenas de millones de esos productos del mercado, lo mismo que productos alimenticios producidos en China que recién ahora “descubrirían” que están contaminados, etc. Lo mismo sucedió con Nokia, que retiró del mercado 73 millones de baterías de celulares producidas en China, supuestamente “defectuosas”.
El inicio de la nueva crisis económica mundial y la consecuente retirada de capitales de China, marca entonces el comienzo del crac en ese país. El derrumbe de la bolsa de Shangai fue el primero de sus golpes, pero para nada será el último: en el horizonte cercano se prepara la erupción volcánica de una crisis generalizada de los bancos estatales por la acumulación de fabulosas deudas incobrables, circunstancia que, por supuesto, será aprovechada por los grandes bancos imperialistas para purgar el sistema, concentrar el capital y quedarse con el negocio bancario en ese país, si no lo impide la revolución proletaria.
Estas son las perspectivas para China, que en el ciclo corto de expansión y en el período de equilibrio económico, político y militar impuesto por el imperialismo en 2003, era presentada por los voceros de la burguesía como el “pulmón de la economía mundial”, el “paraíso” capitalista del planeta, y por los representantes del Foro Social Mundial como la realización del “socialismo de mercado”. Es que la crisis ha comenzado, el equilibrio está en cuestión, y en consecuencia, China ya no puede seguir jugando en la economía mundial y en la división mundial del trabajo impuesta por el imperialismo, el mismo papel de ser productora de bienes de consumo que ha venido jugando hasta ahora y que fue clave para dar impulso al ciclo de crecimiento de la economía del último lustro.
El estallido de la llamada “burbuja inmobiliaria” golpea a los Estados Unidos que les hará pagar sustancialmente la crisis a las potencias imperialistas europeas que pusieron gran parte de sus activos para financiar ese negocio
-XI-
El estallido de la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos fue el sinceramiento de que en los últimos años, el capitalismo imperialista norteamericano se devoró un 27% de beneficios aún no producidos, es decir, no respaldados en riqueza material creada.
Es que en la crisis anterior, que en 2001 golpeó al plexo de los Estados Unidos, este país liquidó la que fuera, durante casi 80 años, una de sus principales ventajas comparativas respecto de las demás potencias imperialistas: su enorme ahorro interno. Es decir, la capacidad de consumo interno del mercado norteamericano, en primer lugar, el de sus empresas, de su industria –las industrias capitalistas son siempre los principales consumidores- y también el de sus consumidores particulares.
Pero crac de 2001, Estados Unidos salió con un des-ahorro interno del 5%, es decir, con la amplia mayoría de las empresas y los particulares endeudados. Como veremos más adelante, liquidar esa ventaja comparativa fue una condición necesaria para que el imperialismo norteamericano pudiera, después de 1989, imponer su dominio pleno del planeta; de la misma manera que, a principios del siglo XX, Inglaterra, para emerger como potencia dominante en la época imperialista que comenzaba, liquidó su propia producción agropecuaria consiguiendo en el mundo las materias primas baratas para su industria.
Pese a ello, el ciclo corto de expansión de la economía mundial significó que se mantuvo en los Estados Unidos, durante el último lustro, el “jolgorio” de consumo. ¿Cómo pudo mantenerse semejante nivel de consumo interno cuando, por un lado, gran parte de las empresas imperialistas norteamericanas cerraron plantas en los Estados Unidos y las relocalizaron en China, Vietnam, Centroamérica, Sudamérica, etc., mientras que, por otro lado, los ingresos de las clases medias y los trabajadores disminuían, en momentos en que los salarios caían, que cientos de miles eran despedidos, que millones de personas perdían el seguro médico, las jubilaciones, los subsidios para alquilar, etc., para pagar la educación de sus hijos, garantizarse atención médica, etc.?
Pues, con más endeudamiento: hoy, el des-ahorro interno alcanza al 27%. Se endeudaron, en primer lugar, el estado yanqui y las empresas. Pero se endeudaron también enormemente las clases medias y los trabajadores, sacando segundas y terceras hipotecas contra sus casas cuyos precios subían por el auge de la rama inmobiliaria.
Fueron millones de consumidores norteamericanos sacando préstamos para comprar bienes de consumo y servicios –autos, electrodomésticos, computadoras, celulares, para pagar la educación de sus hijos, vacaciones, los crecientes gastos de salud que sus coberturas médicas ya no cubrían, etc.- garantizados contra hipotecas sobre sus propiedades. Sobre esta base, entonces, se mantuvo el ciclo de consumo para que Estados Unidos fuera el gran comprador de mercancías baratas producidas por mano de obra esclava china y de las maquiladoras del mundo.
-XII-
Ahora bien, ¿de dónde salieron los fondos para financiar el sobreendeudamiento interno del 27% de los Estados Unidos, esos beneficios aún no producidos –es decir, que no están respaldados en riqueza material, en nuevos valores creados- que ya fueron devorados? Pues... del capital financiero de las potencias imperialistas europeas y el Japón. Porque así como el burgués individual jamás invierte ni arriesga su propio dinero para reproducir su capital, sino que pide préstamos a los bancos, etc., Estados Unidos, como potencia dominante, trabaja con el dinero de los demás. Precisamente eso, que Estados Unidos trabaja con el dinero de sus competidores imperialistas, significa que la época imperialista y el monopolio no eliminan la competencia, sino que la ponen de rodillas, la postran.
Así, en primer lugar, fueron las potencias imperialistas europeas las que, con su capital financiero -que, recordemos, es la fusión del capital industrial con el capital bancario- financiaron ese enorme endeudamiento. Los bancos imperialistas -como el IKB, el Commerzbank y el Deutsche Bank de Alemania, como el Paribas de Francia, como el Northern Rock y otros bancos británicos- colocaron hasta el 40% de sus activos en forma de dinero fresco, de paquetes accionarios, de bonos de la deuda de países semicoloniales, de títulos públicos de los estados imperialistas, etc., a valorizarse en las inversiones en la rama inmobiliaria, atraídos por las altas tasas de ganancia. Otro sector del capital financiero de las potencias europeas fue valorizado invirtiéndolo en acciones de las empresas norteamericanas del aparato industrial militar.
Esta valorización de su capital financiero en el negocio inmobiliario y en el aparato industrial-militar en los Estados Unidos, junto a la relocalización de gran parte de la producción de sus monopolios en Europa del Este, China y Asia, les permitió a Alemania, Francia y demás potencias europeas salir del estancamiento en el que habían quedado durante la crisis de 1997-2001, y entrar en un ciclo de crecimiento como no se veía hace años (con Alemania, inclusive, duplicando los índices de crecimiento de los Estados Unidos).
-XIII-
Enormes masas de capital financiero se volcaron entonces al negocio de los préstamos hipotecarios y la construcción en los Estados Unidos. Las financieras y firmas de créditos hipotecarios que habían iniciado el negocio, para conseguir dinero para seguir prestando, fueron vendiendo los paquetes de hipotecas respaldadas con propiedades, a los grandes bancos de inversión –como el Bear Sterns, el Merryl Lynch, los grandes bancos europeos que, a su vez, transformaron esos paquetes de deuda hipotecaria –de segundas y terceras hipotecas- en nuevas opciones de negocios- avalándolos no solamente con las propiedades hipotecadas, sino también con bonos de la deuda externa de los países semicoloniales –como por ejemplo, de Argentina-, y con las acciones de empresas en desgracia compradas, a su vez, con préstamos, poniendo la propia compañía como aval.
Ahora bien, este negocio significó que las tasas de interés de las hipotecas se hicieron cada vez más altas, y cada vez más impagables para las clases medias y trabajadores norteamericanos. Pero a la hora de ejecutar las hipotecas de los morosos, las financieras y bancos imperialistas –norteamericanos y europeos- que habían participado del festín de los dobles y triples hipotecas, se chocaron con el hecho de que el precio de las propiedades estaba fantásticamente sobrevaluado, y que en realidad, ni aún logrando venderlas, podía cubrirse el monto de la primera hipoteca, ni hablar de las demás.
Como consecuencia, se desplomó el valor de las propiedades, mientras hay en Estados Unidos millones de casas y edificios, nuevos o refaccionados, que están vacíos y son invendibles, al tiempo en los últimos meses ya un millón de trabajadores norteamericanos atrapados en dobles y triples hipotecas perdieron su hogar, preanunciando que en el próximo período les sucederá lo mismo a millones más que irán a engrosar las filas ya enormes del ejército de “homeless” que viven en casas rodantes, en refugios públicos, o directamente en las calles.
¿Qué hicieron las financieras y los grandes bancos, para tratar de recuperar al menos algo? Salieron en estampida a vender los avales de esas operaciones, es decir, los bonos de la deuda externa de los países semicoloniales y a comprar Bonos del Tesoro yanqui, y también a vender las acciones de las compañías –la mayoría, quebradas- que habían sido puestas como garantías, hundiendo así Wall Street y las bolsas del mundo, y provocando el estallido de la “burbuja” inmobiliaria que se expresa hoy como crisis de sobreproducción en Estados Unidos de casas, condominios, edificios, etc., que están vacíos y sin poder venderse, a pesar del derrumbe de su precio.
CAPITULO 3
La nueva crisis económica mundial confirma la tesis marxista de que la época imperialista es la de la agonía del capitalismo en putrefacción
A partir de 1989, un período de dominio imperialista norteamericano más normal.
Estados Unidos ha transformado a todo el mundo en su mercado interno
-XIV-
A partir de 1989, comenzó un período de dominio más normal del imperialismo yanqui como potencia dominante. Estados Unidos se fortalece logrando un dominio pleno del planeta, y por lo tanto, ya no nece